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lunes, 13 de octubre de 2014

Ismail Ax (*)

Lo he oído. Ha sido un disparo. Lo sé por las películas, pero nunca pensé que ese sonido tan horroroso pudiese sonar en mi escuela. Me tiemblan las manos y siento como se me va a saltar el corazón, lo siento en mi garganta. Si tuviese que gritar no lograría ni lanzar un solo gemido. Debo estar callada, junto con mis compañeros en este maldito armario. Jamás pensé que un armario empotrado donde guardábamos los trabajos antiguos de la clase de Plástica fuese tan útil. Mi profesora Ángela nos pidió  que nos escondiésemos y que no dijésemos ni una sola palabra pasase lo que pasase. Somos siete los que estamos escondidos aquí, unos ocho en el otro armario y otros tres han sido más rápidos y han conseguido escaparse por la ventana, entre ellos Michael, el mejor en gimnasia de la clase, y uno de los más guapos, así que espero que no le pase nada. Ahora me arrepiento de no haberle dicho nada aquel día que estuvimos hablando antes de que vinieran a recogernos nuestros padres... Otro disparo, este ha sonado más cerca, mucho más cerca ¿Quién es? ¿Quién está haciendo esto? Otro más. No puedo llorar, tengo que evitar hacer ruido como mis compañeros, tengo que evitar moverme o gritar. Otro más y otro. Cada vez suenan más y más cerca. Cada que vez que los oigo siento como mi corazón se encoge, cómo mi cuerpo se hace más y más pequeño y cómo las lágrimas me salen sin querer de los ojos. Me tiembla todo el cuerpo. Otro disparo, este muy cerca de la puerta de la clase. Mi profesora está muy cerca de ahí, espero que no le hagan nada. La odiaba por ponernos miles de deberes los fines de semana pero no quiero que le pase eso a ella, no quiero que... que la maten. La puerta se ha abierto y todos a la misma vez parece que evitásemos movernos aguantando la respiración, yo quiero ver que pasa e intento mirar a través de las rajitas que hay en la puerta de este armario, pero no se ve nada. "¿Dónde están?" dice una voz que tiene que venir de alguien joven. "No están aquí se han marchado al patio, tienen clase de educación física" le dice mi profesora con una voz llena de miedo, nunca la había oído así, la pobre no se merece eso, ella... Otro disparo, otro temblor, otro ruido de algo que cae y choca fuertemente contra el suelo. Otro disparo, esta vez, el último.

(Basado libremente en la historia de la profesora Victoria Soto que dio su vida por salvar la de sus estudiante en la Masacre del Sandy Hook)

(*) Ismail Ax (Ismael Hacha) eran las palabras que llevaba pintadas en su brazo el asesino de la Masacre de la Universidad de Virginia, una de las más graves en Estados Unidos, y cuyo significado a día de hoy sigue siendo un misterio. 

domingo, 23 de marzo de 2014

Crónica de una manifestación

Quedan restos de latas y papeles viejos que se aglomeran como el polvo en las esquinas. Un cartel, no muy grande si lo comparamos con otros, deja entrever en mayúsculas un grito ahogado de cansancio y rabia: ¡Basta ya!
Se entremezclan los sentimientos, sus talones se van arrastrando con desánimo y sus voces afónicas se intentan mantener erguidas como sus manos; hoy ellas también han luchado. ¡Estas son mis armas! Los llamaban violentos, contrarios al sistema o delincuentes, pero simplemente han manchado la ciudad de rojo, amarillo y morado. ¡Y qué bonita está! Los colores de la pasión, la justicia y la lucha por la igualdad acompañados de trazos graves en los que se lee un ¡A la tercera va la vencida!
A la misma vez, tiroteaban a las paredes de las calles, las avenidas y las plazas miles de himnos que rebotaban contra los oídos de los asistentes. A esta contienda ellos la llaman  “La guerra del Verbo” porque vienen de distintos sitios y pertenecen a distintas generaciones pero tienen un mismo fin, una misma Voz; lo que los hace fuertes y temibles. En estos mismos momentos, ya son miles y miles los que han tomado las calles con las peores armas jamás conocidas y los que se han abalanzado contra todos los que están verdaderamente demoliendo el sistema, contra todos los que han olvidado que el sistema les pertenece, que nos pertenece a todos. Reivindican lo que es suyo, lo que desde años se les arrebató: “El Pan, el Trabajo y el Techo”.

  El niño le rogó a su madre que le diese algo que echarse a la boca; la abuela, sin tener mucho a su alcance, rogó que no le quitaran la cama donde había tenido a sus hijos; la madre, que en un tiempo pasado tuvo derecho a decidir, rogó dignidad; y el padre, que la necesidad lo había obligado a alejarse de nuestras fronteras, ya no tenía ni siquiera potestad para rogar.