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viernes, 23 de enero de 2026

Aceptación

Estoy a mitad del libro de Alan Downs que lleva como título The Velvet Rage (algo así como "La rabia de terciopelo"). En el libro se expone cómo se desarrolla una persona gay (el propio autor reconoce que el libro se centra especialmente en hombres gays) en un entorno heterosexual. Este hace que salga a relucir cierta enfado y cierta forma de ser distinguible con los gays. Aunque sean muchos los temas del libro, destaco en este momento un ejemplo sobre aceptación parafraseando a Downs:

"Muchos homosexuales se dedican a sacar buenas notas para así conseguir la aceptación y reconocimiento de sus profesores. De esta forma, ocultan su sexualidad, la cual se duda de si será rechazada"
Esta cita me ha hecho pensar si el motivo de mi éxito académico estuvo relacionado por haber estado dentro de un armario. Mi contexto familiar no estuvo nunca predispuesto a que estudiara. Es más, soy el único con carrera universitaria de mi familia (no de mi núcleo familiar) ¿Le debo todo esto a mi orientación sexual? Como mi entorno no era favorable a mi salida del armario, ¿busqué la aceptación de otros con mis notas de exámenes? 

No obstante, a pesar de la imposibilidad de responder estas preguntas, queda claro que la necesidad de ser querido o aceptado por parte del otro nos puede llevar a germinar una personalidad vacía, contaminada de lo externo y, por supuesto, alejada seguramente del ser único, propio.


¿Me quieres así o me cambio?

lunes, 11 de mayo de 2020

Tiempo al tiempo

"Tiempo, ¿qué miedo me das?"
¿Por qué? ¿Qué he hecho ahora?¿O ayer? ¿O mañana?


Estaba escuchando la canción de Damien Jurando "Queen Anne" y (no sé si es algo que solo hago yo) es muy común que, aunque domine el inglés, traduzca algunas letras de las canciones según lo que sienta en ese momento La bendita libre interpretación. En este caso, no obstante, he decidido buscar el significado real de la canción, en algún comentario del autor o de otros traductores oyentes, y ha sido imposible, ni siquiera una mísera crítica destructiva. ¿Quizás soy el primero en escucharla? Lo dudo, pero hasta que alguien, o el propio Damien Jurado, no me discuta mi interpretación; seguiré pensando que esta canción habla de amar al tiempo, de darle las gracias y, si me dejas, incluso de venerarlo. ¿Qué seríamos sin tiempo? Pues no sé si mejores o peores, pero sí inmaduros, una argamasa pobre, inexperta. El tiempo es lo que nos curte, nos da forma. Es aquello que nos hace reformular la pregunta inicial. La pregunta o las preguntas. Las dudas. Los miedos. Las inseguridades. Los errores. Solo el tiempo nos da la oportunidad de verlos con la perspectiva exacta. el tiempo sana y da vida. El tiempo desune y une. Tiempo... El Tiempo.

¡Ay, este año ya cumplo treinta y no lo pienso celebrar! ¿Por qué?Me da miedo.¿El qué? Pararme en el tiempo y ver todo lo que no he conseguido y qué debería haber hecho. Y si pensaras en todo lo que has conseguido, a todas las personas que has conocidos, y las experiencias por insignificantes que parezcan, buenas y malas, que has vivido, ¿tendrías miedo del tiempo? No sé. No le temas al tiempo, sino a tus pensamientos. 

domingo, 8 de abril de 2018

Carta de un ladrón

Escribo esta carta al periódico para pedir perdón por haber robado. Ayer las cámaras de un famoso programa de televisión me descubrieron recogiendo del suelo un billete de 50 euros que no me pertenecía. El prestigioso programa simplemente quería bromear con todo aquel que pasara por al lado del cebo, que previamente habían colocado en una conocida plaza del centro de la ciudad, y ver cuál sería su reacción. La idea era poner a prueba la bondad de los transeúntes que por allí pasaban. Todos, menos uno, yo, devolvieron el dinero. No juzgo lo divertido y lo curioso que pueda ser dicho experimento social pero sí la invectiva posterior. Memes, burlas, incluso amenazas a través de Internet. Ninguno me conocía pero todos disfrutaban con el acoso. Lo siento, sí, los robe. Los devolveré si alguien del programa me los reclama, dudo mucho que les interese pero lo haría. Dispuesto estoy, aunque, de qué vale si mi dignidad ha sido profanada. Soy un vulgar caco cuyo delito es recoger dinero del suelo. Lo siento. Y, aunque sea una expresión carente de sentimiento y ya algo desgastada, insisto: lo siento de verdad. Me equivoqué, estuvo mal. Ver desde la distancia ese botín, acercarse sigilosamente, agacharte, apresarlo y meterlo cuidadosamente en el bolsillo estuvo mal. Pido perdón. Lo primero que pensé cuando lo cogí es que podría haberse volado de alguna de las mesas o de alguna de las cuentas que, algún camarero, cansado por el trabajo, no mantendría vigiladas. Cuando eché a andar, pensé en volver pero al igual que el rey Midas, avaro, me lo quedé. Jamás me habían venido tan bien 50 euros porque si quería pagar el segundo año del curso de idiomas, tenía que buscar la forma de hacerlo, aunque fuera robando.  Y los 300 euros que me cuesta, por mucho que te ayuden con el pago fraccionado, cuesta mucho ganarlos. El sueldo mínimo en este país, 600 euros, aunque digan más porque eso es que siempre redondean al alza, es  más que suficiente para pagar cursos o congresos que te ayuden a ampliar el currículo. Bueno, eso sí, casi se me olvida, bastante bien que se lo montaron para investigar mi cuenta y vociferar a los cuatro vientos que cómo me atrevía a hurtar por las calles si tenía ahorrados en el banco unos 4000 euros. Sí, es verdad, pero el fin de ese peculio no es otro que tener un colchón para poder emigrar, expatriarme. Es tan grave lo que he hecho y no lo pregunto, que podría (¿es tan grave lo que he hecho?), porque no tiene sentido y, sobre todo, porque la respuesta es clara: lo es y mucho. Una persona que abusa de las demás cogiendo una escandalosa cifra de 50 euros del suelo cuando podrían ser de alguien que realmente los necesitara más. En fin, espero pagar por ello, en esta vida o en otra, pero espero pagar bien porque ha sido un acto despiadado. No obstante, también es cierto que otras veces me pregunto si mi profesión hubiera sido otra y la cantidad robada aún más mayor... no sé, quizás debería haber montado un partido político.
Firmado: un ladrón de pacotilla, pero un ladrón al fin y al cabo.  

lunes, 3 de julio de 2017

Caín

Carecía siempre de sentimiento. Era incapaz de escuchar y mucho menos de sentir. Nunca pensó que fuese un monstruo, simplemente estaba cansado de cuidarla. Total, todos pensarían que estaba enferma y que había muerto de vieja. ¿No es eso lo que les ocurre, al fin y al cabo, a todos los viejos? No era un monstruo por liberar a alguien de su pesadez, tampoco egoísta; todo lo contrario, él la estaba ayudando. La liberaba de este mundo, su tiempo ya había pasado. Y, de esa forma, también se liberaba él. No era crueldad, sino supervivencia. Un “cállate, mamá” retumbó en todo el piso. La mujer se quejaba, aunque hacía semanas que el sentimiento de hambre lo había perdido. Se quejaba, no porque sintiese hambre o quisiese comer algo, sino porque ella sabía lo que se le venía encima. Con los años, había perdido parte del conocimiento. No era alzhéimer, sino locura, quizás derivado de la malnutrición. Un “que te calles, cojones” volvió a retumbar en todas las paredes y la mujer dejó de lastimarse. Los sonidos que ella hacía no eran humanos, eran como pájaros moribundos que están solos en los nidos pidiendo comida y esperando a que su madre volviera de cazar. ¿Qué habría hecho ella para que su hijo la tratara así? Seguramente nada, lo había criado bien, dándole todo lo que él necesitaba. O quizás no, a lo mejor lo maltrataba desde pequeño y por eso él arremetía ahora con saña a lo que había hecho su madre. Pero no, seguro que no hizo nada, simplemente su hijo carecía de empatía. Era incapaz de ponerse en la piel del otro, incapaz de recordar que cuando tenía miedo de los monstruos que había en su habitación llamaba a su madre. En esos momentos de miedo ella se acostaba a su lado y le decía que se calmara, que no pasaba nada. Le enseñaba que eso de los monstruos era fruto de su imaginación, que existían en su cabeza y que no podían estar debajo de la cama o en el espacio que queda entre el armario y la pared. Él era ahora incapaz de recordar nada. Eso de los monstruos, como su madre decía, se le había olvidado. Su mente lo había olvidado. Su madre le enseñó que los monstruos no existían, pero en eso se equivocaba. Existen; caminan y compran el pan todos los días.

martes, 20 de octubre de 2015

La carabela de Colón

A la hora de describir una nueva realidad, un nuevo mundo, siempre hacemos uso de la realidad que ya conocemos. Esto es un acto natural, probado numerosas veces pero sobre todo en la época de la colonización o el "descubrimiento del Nuevo Mundo". Los navegantes en sus descripciones de las gentes, las tradiciones, las casas y, en definitiva, de la nueva realidad que estaban contemplando solo podían partir de un esquema ya establecido. Esto es, la realidad que conocían, con la que se habían criado desde pequeños (por eso lo de llamarlos salvajes por los ritos que estos practicaban, sin pararse a pensar en que no es que fueran salvajes, sino que simplemente eran "otra cosa"). 


Pues bien, parece que los seres humanos todavía no hemos conseguido despegarnos de esa capacidad de describir otras realidades con ideas preconcebidas de nuestras propias vivencias. Por ejemplo, cuando una persona heterosexual le pregunta a una pareja homosexual qué rol tiene cada una en la cama, es decir, quién es el que penetra y quién es el penetrado. A parte de lo soez y vulgar que puede sonar la pregunta en un contexto de escasa confianza, habría que añadirle lo triste que es que en el siglo XXI sigamos reduciendo el sexo a la simple y tradicional penetración. Sin penetración no hay sexo. Y yo me pregunto, si sin penetración no hay sexo, ¿las personas con parálisis total o parcial de sus extremidades tampoco tienen derecho a tener sexo? Si la finalidad del sexo, cuando la intención no es la procreación, es alcanzar el orgasmo, ¿es obligatoriamente necesario que haya penetración? Seguimos teniendo prejuicios e ideas previas de una realidad completamente distinta a la nuestra, es decir, seguimos viendo el mundo como esos navegantes de la carabela de Colón que no encontraban otras palabras más las que ya se habían aprendido.

domingo, 16 de agosto de 2015

Frío


Al igual que cuando dejas abierta la ventana una noche de principios de septiembre y empiezas a notar que ya no solo debes cerrarla, sino que también debes arroparte con algo para así no pillar un resfriado. Quizás sea el cansancio o la pereza de levantarte o quizás sea la rabia porque sabes que ya el verano se ha ido y que nada puedes hacer para que regrese. Es entonces, en ese momento, cuando empiezas a recordar todo lo que ha pasado, lo bueno y lo malo, al detalle. Todos esos recuerdos milimétricos sobre situaciones pasadas pasan a ser verdaderos parásitos de tu día a día. Todo el presente comienza a guardar relación con el pasado. Y no te hace ningún favor; al contrario, hace que te aferres aún más a la idea de mantener tu ventana abierta aunque haga frío. Tú tienes claro que si mantienes tu ventana abierta, seguirá siendo verano. Hace frío, mucho. Y es con él con el recuerdas todas las veces que estaba en tu cama sonriendo tan cerca de tu cara que podías contar las pequeñas arrugas que se le formaban en el contorno de sus ojos. Tan cerca, tan mío. Pero el invierno llega y es hora de aceptarlo, de que hay que cerrar la ventana y de que no pasa nada: otro verano llegará.

domingo, 26 de julio de 2015

Los tres semáforos de Chamartín

Tres semáforos separan mi casa de la estación de Chamartin. El primero está repleto de trajes y corbatas que se escabullen a toda prisa cuando la luz pasa a verde. Todos se mueven con tanta agilidad que es como si hubiesen estado entrenando entre ellos toda la vida. Es como una danza, dinámica y elegante. Entre esas dos masas de ambos lados de la calle sobresale un hombre, cuya piel está muy oscura seguramente por la suciedad de haber pasado mucho tiempo sin lavarse. Está descalzo, sus plantas de los pies son aún más negras. Su mano derecha está cerrada pero no como un puño sino con los dedos señalando a la boca, la sube y la baja; la otra, bien abierta, se extiende a todo aquel que pasa como para que le den algo que estos tienen. No obstante, esas sombras han sido también entrenadas para que no se sientan obligadas a dar nada y así hacen. El hombre continúa su súplica aunque es muy probable que no termine con mucho éxito.
En el segundo de los semáforos nunca hay tanta aglomeración y, si eso, son más los que están al otro lado que en el mío. Es como un instante de tranquilidad ante el tercero, como una pausa, un intervalo, en el que puedes observar a todos aquellos que llegan. Todos vienen cargados con bolsas, seguramente los almuerzos con los que poder soportar su dura jornada laboral. 
El tercero, muy lejos ya del primero, pero mucho más cerca de la estación, es el que menos tiempo tarda en ponerse en verde para los peatones. Aquí sí hay mucho más alboroto, muchas sombras cargando con sus ligeras y pequeñas maletas de viaje. Y una vez que pasas el semáforo, puedes ver un pequeño descampado a la derecha, un lugar perfecto para llevar a tus perros a hacer sus necesidades o para acampar de forma ilegal por las noches si no tienes donde descansar. ¡Huele a humo, creo que han hecho una hoguera para paliar el frío! Pronto les multarán por eso y por otras cosas más. Les da igual; total, no tienen qué perder. Antes de entrar a la estación, echo una última vista atrás para ver las cuatro torres, modernas, lujosas, símbolos de poder. Desde aquí, las torres le hacen sombra al descampado, al fin y al cabo, ellas son más altas y más visibles.

viernes, 9 de enero de 2015

Todo sea por los niños

Conmovido por la noticia del joven de veinte años que falleció en la cabalgata de Níjar y por las denuncias de algunos pasajeros de un barco donde se transportaban camellos hacinados, me pregunto cuánto más debemos hacer por la felicidad de los niños. La primera noticia, una desgracia que ya se había repetido años antes en la misma localidad, se debe desafortunadamente tanto al descuido de unos como a la fatalidad; la segunda, a querer comercializar a toda costa y bajo escasos costes de transporte. ¿Pero hacía falta tanto para hacer feliz a un niño? No recuerdo que mis padres necesitasen de camellos para creerse quiénes eran los Reyes Magos que venían de Oriente, ni siquiera Baltasar era de raza negra puesto que en la mayoría de pueblos se le embadurnaba con betún. ¿Por qué tanto entonces?
Año tras año, las casas se van llenando de juguetes hasta que los niños piden parar de abrir regalos para poder ponerse a jugar, que es lo que realmente quieren. Recuerdo unos vecinos que el mismo día de Reyes se pelaban por un palo con una cuerda que servía ficticiamente como una caña de pescar. Aquel niño con su quijotesca mente, porque eso son los niños, había visto en aquel palo un juguete. Estos pequeños seres llenos de una grandísima imaginación se peleaban porque ya se habían cansado de los miles de juguetes que aguardaban en su casa y, claro está, siempre se quiere más y, más aún, si eso que queremos lo tiene otro. ¿Hay que darle todo excusándonos muchas veces en esa equívoca idea de "yo como cuando era joven no tenía"? Quizás el hecho de no tener hacía que se valorizase lo poco que teníamos. Ahora todos los niños quieren más y más y el problema llega cuando una madre divorciada, sin trabajo y con dos niñas no tiene para regalar tanto como antes porque lo principal ahora es que coman. O esas familias que han perdido su casa y deben seguir pagando deudas. Eso no importa, ya que sin regalos no hay navidad y que con poco no hacemos nada. Lo cierto es que lo poco, para algunos, nos sabe a mucho, pero, para muchos, lo mucho les da o les sabe a poco. Lo poco es igual a nada en esta sociedad. ¿Y quién define la nada, o sea, un "no me trajeron nada"? ¿Qué es nada? ¿Un palo con una cuerda? Aquel niño que descubrió una caña de pescar un día de Reyes Magos existe, lo conozco bien. Tan solo espero que haya muchos más como él porque no sé qué será del mundo sin ellos.

lunes, 13 de octubre de 2014

Ismail Ax (*)

Lo he oído. Ha sido un disparo. Lo sé por las películas, pero nunca pensé que ese sonido tan horroroso pudiese sonar en mi escuela. Me tiemblan las manos y siento como se me va a saltar el corazón, lo siento en mi garganta. Si tuviese que gritar no lograría ni lanzar un solo gemido. Debo estar callada, junto con mis compañeros en este maldito armario. Jamás pensé que un armario empotrado donde guardábamos los trabajos antiguos de la clase de Plástica fuese tan útil. Mi profesora Ángela nos pidió  que nos escondiésemos y que no dijésemos ni una sola palabra pasase lo que pasase. Somos siete los que estamos escondidos aquí, unos ocho en el otro armario y otros tres han sido más rápidos y han conseguido escaparse por la ventana, entre ellos Michael, el mejor en gimnasia de la clase, y uno de los más guapos, así que espero que no le pase nada. Ahora me arrepiento de no haberle dicho nada aquel día que estuvimos hablando antes de que vinieran a recogernos nuestros padres... Otro disparo, este ha sonado más cerca, mucho más cerca ¿Quién es? ¿Quién está haciendo esto? Otro más. No puedo llorar, tengo que evitar hacer ruido como mis compañeros, tengo que evitar moverme o gritar. Otro más y otro. Cada vez suenan más y más cerca. Cada que vez que los oigo siento como mi corazón se encoge, cómo mi cuerpo se hace más y más pequeño y cómo las lágrimas me salen sin querer de los ojos. Me tiembla todo el cuerpo. Otro disparo, este muy cerca de la puerta de la clase. Mi profesora está muy cerca de ahí, espero que no le hagan nada. La odiaba por ponernos miles de deberes los fines de semana pero no quiero que le pase eso a ella, no quiero que... que la maten. La puerta se ha abierto y todos a la misma vez parece que evitásemos movernos aguantando la respiración, yo quiero ver que pasa e intento mirar a través de las rajitas que hay en la puerta de este armario, pero no se ve nada. "¿Dónde están?" dice una voz que tiene que venir de alguien joven. "No están aquí se han marchado al patio, tienen clase de educación física" le dice mi profesora con una voz llena de miedo, nunca la había oído así, la pobre no se merece eso, ella... Otro disparo, otro temblor, otro ruido de algo que cae y choca fuertemente contra el suelo. Otro disparo, esta vez, el último.

(Basado libremente en la historia de la profesora Victoria Soto que dio su vida por salvar la de sus estudiante en la Masacre del Sandy Hook)

(*) Ismail Ax (Ismael Hacha) eran las palabras que llevaba pintadas en su brazo el asesino de la Masacre de la Universidad de Virginia, una de las más graves en Estados Unidos, y cuyo significado a día de hoy sigue siendo un misterio. 

domingo, 23 de marzo de 2014

Crónica de una manifestación

Quedan restos de latas y papeles viejos que se aglomeran como el polvo en las esquinas. Un cartel, no muy grande si lo comparamos con otros, deja entrever en mayúsculas un grito ahogado de cansancio y rabia: ¡Basta ya!
Se entremezclan los sentimientos, sus talones se van arrastrando con desánimo y sus voces afónicas se intentan mantener erguidas como sus manos; hoy ellas también han luchado. ¡Estas son mis armas! Los llamaban violentos, contrarios al sistema o delincuentes, pero simplemente han manchado la ciudad de rojo, amarillo y morado. ¡Y qué bonita está! Los colores de la pasión, la justicia y la lucha por la igualdad acompañados de trazos graves en los que se lee un ¡A la tercera va la vencida!
A la misma vez, tiroteaban a las paredes de las calles, las avenidas y las plazas miles de himnos que rebotaban contra los oídos de los asistentes. A esta contienda ellos la llaman  “La guerra del Verbo” porque vienen de distintos sitios y pertenecen a distintas generaciones pero tienen un mismo fin, una misma Voz; lo que los hace fuertes y temibles. En estos mismos momentos, ya son miles y miles los que han tomado las calles con las peores armas jamás conocidas y los que se han abalanzado contra todos los que están verdaderamente demoliendo el sistema, contra todos los que han olvidado que el sistema les pertenece, que nos pertenece a todos. Reivindican lo que es suyo, lo que desde años se les arrebató: “El Pan, el Trabajo y el Techo”.

  El niño le rogó a su madre que le diese algo que echarse a la boca; la abuela, sin tener mucho a su alcance, rogó que no le quitaran la cama donde había tenido a sus hijos; la madre, que en un tiempo pasado tuvo derecho a decidir, rogó dignidad; y el padre, que la necesidad lo había obligado a alejarse de nuestras fronteras, ya no tenía ni siquiera potestad para rogar.