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domingo, 26 de julio de 2015

Los tres semáforos de Chamartín

Tres semáforos separan mi casa de la estación de Chamartin. El primero está repleto de trajes y corbatas que se escabullen a toda prisa cuando la luz pasa a verde. Todos se mueven con tanta agilidad que es como si hubiesen estado entrenando entre ellos toda la vida. Es como una danza, dinámica y elegante. Entre esas dos masas de ambos lados de la calle sobresale un hombre, cuya piel está muy oscura seguramente por la suciedad de haber pasado mucho tiempo sin lavarse. Está descalzo, sus plantas de los pies son aún más negras. Su mano derecha está cerrada pero no como un puño sino con los dedos señalando a la boca, la sube y la baja; la otra, bien abierta, se extiende a todo aquel que pasa como para que le den algo que estos tienen. No obstante, esas sombras han sido también entrenadas para que no se sientan obligadas a dar nada y así hacen. El hombre continúa su súplica aunque es muy probable que no termine con mucho éxito.
En el segundo de los semáforos nunca hay tanta aglomeración y, si eso, son más los que están al otro lado que en el mío. Es como un instante de tranquilidad ante el tercero, como una pausa, un intervalo, en el que puedes observar a todos aquellos que llegan. Todos vienen cargados con bolsas, seguramente los almuerzos con los que poder soportar su dura jornada laboral. 
El tercero, muy lejos ya del primero, pero mucho más cerca de la estación, es el que menos tiempo tarda en ponerse en verde para los peatones. Aquí sí hay mucho más alboroto, muchas sombras cargando con sus ligeras y pequeñas maletas de viaje. Y una vez que pasas el semáforo, puedes ver un pequeño descampado a la derecha, un lugar perfecto para llevar a tus perros a hacer sus necesidades o para acampar de forma ilegal por las noches si no tienes donde descansar. ¡Huele a humo, creo que han hecho una hoguera para paliar el frío! Pronto les multarán por eso y por otras cosas más. Les da igual; total, no tienen qué perder. Antes de entrar a la estación, echo una última vista atrás para ver las cuatro torres, modernas, lujosas, símbolos de poder. Desde aquí, las torres le hacen sombra al descampado, al fin y al cabo, ellas son más altas y más visibles.