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domingo, 23 de marzo de 2014

Crónica de una manifestación

Quedan restos de latas y papeles viejos que se aglomeran como el polvo en las esquinas. Un cartel, no muy grande si lo comparamos con otros, deja entrever en mayúsculas un grito ahogado de cansancio y rabia: ¡Basta ya!
Se entremezclan los sentimientos, sus talones se van arrastrando con desánimo y sus voces afónicas se intentan mantener erguidas como sus manos; hoy ellas también han luchado. ¡Estas son mis armas! Los llamaban violentos, contrarios al sistema o delincuentes, pero simplemente han manchado la ciudad de rojo, amarillo y morado. ¡Y qué bonita está! Los colores de la pasión, la justicia y la lucha por la igualdad acompañados de trazos graves en los que se lee un ¡A la tercera va la vencida!
A la misma vez, tiroteaban a las paredes de las calles, las avenidas y las plazas miles de himnos que rebotaban contra los oídos de los asistentes. A esta contienda ellos la llaman  “La guerra del Verbo” porque vienen de distintos sitios y pertenecen a distintas generaciones pero tienen un mismo fin, una misma Voz; lo que los hace fuertes y temibles. En estos mismos momentos, ya son miles y miles los que han tomado las calles con las peores armas jamás conocidas y los que se han abalanzado contra todos los que están verdaderamente demoliendo el sistema, contra todos los que han olvidado que el sistema les pertenece, que nos pertenece a todos. Reivindican lo que es suyo, lo que desde años se les arrebató: “El Pan, el Trabajo y el Techo”.

  El niño le rogó a su madre que le diese algo que echarse a la boca; la abuela, sin tener mucho a su alcance, rogó que no le quitaran la cama donde había tenido a sus hijos; la madre, que en un tiempo pasado tuvo derecho a decidir, rogó dignidad; y el padre, que la necesidad lo había obligado a alejarse de nuestras fronteras, ya no tenía ni siquiera potestad para rogar.