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martes, 20 de octubre de 2015

La carabela de Colón

A la hora de describir una nueva realidad, un nuevo mundo, siempre hacemos uso de la realidad que ya conocemos. Esto es un acto natural, probado numerosas veces pero sobre todo en la época de la colonización o el "descubrimiento del Nuevo Mundo". Los navegantes en sus descripciones de las gentes, las tradiciones, las casas y, en definitiva, de la nueva realidad que estaban contemplando solo podían partir de un esquema ya establecido. Esto es, la realidad que conocían, con la que se habían criado desde pequeños (por eso lo de llamarlos salvajes por los ritos que estos practicaban, sin pararse a pensar en que no es que fueran salvajes, sino que simplemente eran "otra cosa"). 


Pues bien, parece que los seres humanos todavía no hemos conseguido despegarnos de esa capacidad de describir otras realidades con ideas preconcebidas de nuestras propias vivencias. Por ejemplo, cuando una persona heterosexual le pregunta a una pareja homosexual qué rol tiene cada una en la cama, es decir, quién es el que penetra y quién es el penetrado. A parte de lo soez y vulgar que puede sonar la pregunta en un contexto de escasa confianza, habría que añadirle lo triste que es que en el siglo XXI sigamos reduciendo el sexo a la simple y tradicional penetración. Sin penetración no hay sexo. Y yo me pregunto, si sin penetración no hay sexo, ¿las personas con parálisis total o parcial de sus extremidades tampoco tienen derecho a tener sexo? Si la finalidad del sexo, cuando la intención no es la procreación, es alcanzar el orgasmo, ¿es obligatoriamente necesario que haya penetración? Seguimos teniendo prejuicios e ideas previas de una realidad completamente distinta a la nuestra, es decir, seguimos viendo el mundo como esos navegantes de la carabela de Colón que no encontraban otras palabras más las que ya se habían aprendido.

domingo, 16 de agosto de 2015

Frío


Al igual que cuando dejas abierta la ventana una noche de principios de septiembre y empiezas a notar que ya no solo debes cerrarla, sino que también debes arroparte con algo para así no pillar un resfriado. Quizás sea el cansancio o la pereza de levantarte o quizás sea la rabia porque sabes que ya el verano se ha ido y que nada puedes hacer para que regrese. Es entonces, en ese momento, cuando empiezas a recordar todo lo que ha pasado, lo bueno y lo malo, al detalle. Todos esos recuerdos milimétricos sobre situaciones pasadas pasan a ser verdaderos parásitos de tu día a día. Todo el presente comienza a guardar relación con el pasado. Y no te hace ningún favor; al contrario, hace que te aferres aún más a la idea de mantener tu ventana abierta aunque haga frío. Tú tienes claro que si mantienes tu ventana abierta, seguirá siendo verano. Hace frío, mucho. Y es con él con el recuerdas todas las veces que estaba en tu cama sonriendo tan cerca de tu cara que podías contar las pequeñas arrugas que se le formaban en el contorno de sus ojos. Tan cerca, tan mío. Pero el invierno llega y es hora de aceptarlo, de que hay que cerrar la ventana y de que no pasa nada: otro verano llegará.

domingo, 26 de julio de 2015

Los tres semáforos de Chamartín

Tres semáforos separan mi casa de la estación de Chamartin. El primero está repleto de trajes y corbatas que se escabullen a toda prisa cuando la luz pasa a verde. Todos se mueven con tanta agilidad que es como si hubiesen estado entrenando entre ellos toda la vida. Es como una danza, dinámica y elegante. Entre esas dos masas de ambos lados de la calle sobresale un hombre, cuya piel está muy oscura seguramente por la suciedad de haber pasado mucho tiempo sin lavarse. Está descalzo, sus plantas de los pies son aún más negras. Su mano derecha está cerrada pero no como un puño sino con los dedos señalando a la boca, la sube y la baja; la otra, bien abierta, se extiende a todo aquel que pasa como para que le den algo que estos tienen. No obstante, esas sombras han sido también entrenadas para que no se sientan obligadas a dar nada y así hacen. El hombre continúa su súplica aunque es muy probable que no termine con mucho éxito.
En el segundo de los semáforos nunca hay tanta aglomeración y, si eso, son más los que están al otro lado que en el mío. Es como un instante de tranquilidad ante el tercero, como una pausa, un intervalo, en el que puedes observar a todos aquellos que llegan. Todos vienen cargados con bolsas, seguramente los almuerzos con los que poder soportar su dura jornada laboral. 
El tercero, muy lejos ya del primero, pero mucho más cerca de la estación, es el que menos tiempo tarda en ponerse en verde para los peatones. Aquí sí hay mucho más alboroto, muchas sombras cargando con sus ligeras y pequeñas maletas de viaje. Y una vez que pasas el semáforo, puedes ver un pequeño descampado a la derecha, un lugar perfecto para llevar a tus perros a hacer sus necesidades o para acampar de forma ilegal por las noches si no tienes donde descansar. ¡Huele a humo, creo que han hecho una hoguera para paliar el frío! Pronto les multarán por eso y por otras cosas más. Les da igual; total, no tienen qué perder. Antes de entrar a la estación, echo una última vista atrás para ver las cuatro torres, modernas, lujosas, símbolos de poder. Desde aquí, las torres le hacen sombra al descampado, al fin y al cabo, ellas son más altas y más visibles.

viernes, 9 de enero de 2015

Todo sea por los niños

Conmovido por la noticia del joven de veinte años que falleció en la cabalgata de Níjar y por las denuncias de algunos pasajeros de un barco donde se transportaban camellos hacinados, me pregunto cuánto más debemos hacer por la felicidad de los niños. La primera noticia, una desgracia que ya se había repetido años antes en la misma localidad, se debe desafortunadamente tanto al descuido de unos como a la fatalidad; la segunda, a querer comercializar a toda costa y bajo escasos costes de transporte. ¿Pero hacía falta tanto para hacer feliz a un niño? No recuerdo que mis padres necesitasen de camellos para creerse quiénes eran los Reyes Magos que venían de Oriente, ni siquiera Baltasar era de raza negra puesto que en la mayoría de pueblos se le embadurnaba con betún. ¿Por qué tanto entonces?
Año tras año, las casas se van llenando de juguetes hasta que los niños piden parar de abrir regalos para poder ponerse a jugar, que es lo que realmente quieren. Recuerdo unos vecinos que el mismo día de Reyes se pelaban por un palo con una cuerda que servía ficticiamente como una caña de pescar. Aquel niño con su quijotesca mente, porque eso son los niños, había visto en aquel palo un juguete. Estos pequeños seres llenos de una grandísima imaginación se peleaban porque ya se habían cansado de los miles de juguetes que aguardaban en su casa y, claro está, siempre se quiere más y, más aún, si eso que queremos lo tiene otro. ¿Hay que darle todo excusándonos muchas veces en esa equívoca idea de "yo como cuando era joven no tenía"? Quizás el hecho de no tener hacía que se valorizase lo poco que teníamos. Ahora todos los niños quieren más y más y el problema llega cuando una madre divorciada, sin trabajo y con dos niñas no tiene para regalar tanto como antes porque lo principal ahora es que coman. O esas familias que han perdido su casa y deben seguir pagando deudas. Eso no importa, ya que sin regalos no hay navidad y que con poco no hacemos nada. Lo cierto es que lo poco, para algunos, nos sabe a mucho, pero, para muchos, lo mucho les da o les sabe a poco. Lo poco es igual a nada en esta sociedad. ¿Y quién define la nada, o sea, un "no me trajeron nada"? ¿Qué es nada? ¿Un palo con una cuerda? Aquel niño que descubrió una caña de pescar un día de Reyes Magos existe, lo conozco bien. Tan solo espero que haya muchos más como él porque no sé qué será del mundo sin ellos.