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jueves, 10 de enero de 2013

Lloviendo sobre mojado


A ese me refiero. A ese día de mierda que empieza mal y continúa in crescendo siendo peor y peor. A ese día en el que te levantas de buen humor a preparar el desayuno y se te cae el bote de Cola Cao por toda la cocina. A ese día en el que llegas al gimnasio con unas extrañas manchas en las rodillas cuyo color tiene un cierto parecido con las heces de tu perro. A ese día en el que te falta un euro a la hora de pagar en el supermercado y tienes que decirle a la cajera que quite un par de cosas. Ese día en el que alguien, de manera suicida, cruza la calle justo cuando tú pasas. Ese día en el que tu lengua tiene una ligera lucha con tu paladar provocando una torpeza incesante en la forma de expresarte. Ese día de mierda lo hemos tenido todos. Ese día no podía acabar peor, por lo que decides salir a pasear con tu perro (sí, el mismo que causó las curiosas manchas) en mitad de la noche, pero un día de mierda no puede acabar de manera feliz. Así que empieza a llover, y no, no pienses que en un día de mierda la lluvia será suave y ligera sino que caerá de manera intermitente hasta que tus preciados testículos se conviertan en un pequeñito pilón de fría agua. Llueve y llueve, cada vez más fuerte, pero tú no te mueves, ni te inmutas, dejas que te inunde tu ropa, que te empape tu pelo, que te provoque una exudación en tus ojos ante el sentimiento de haber fracasado, de haber perdido. 


"Me gusta caminar bajo la lluvia porque nadie ve que lloro". A mí no me hizo falta, porque ya se encargó el tiempo de hacerlo por mí, pero sí es cierto que necesitaba mojarme, sentir ese frío que retuerce poco a poco los huesos. Extraordinarios ejemplares los seres humanos que necesitamos, en ocasiones de nuestra vida, caernos, sentir el suelo en nuestra cara, el olor de la tierra mojada, del fango, incluso de la propia mierda. Un proceso natural, ya que desde pequeños nos caemos contra el suelo y sufrimos distintas heridas, o ninguna, pero sabemos que lo que realmente cuesta no es caerse, sino levantarse. Muchos temen el fracaso o el hecho de perder algo, no por el simple hecho en sí, sino porque no saben cómo alzarse en la lucha del mañana, de la próxima batalla. Muchos consideran que no son lo suficiente fuertes para seguir, para pelear. Muchos prefieren lamentarse en vez de contraatacar. Muchos, se mantienen indiferentes ante una contienda sin fin. Yo, a diferencia de esos muchos, decido caer hoy para levantarme mañana, para proseguir con esa gran reyerta que ninguno de nosotros sabe cuando acabará, para continuar con la mayor batalla jamás contada. Esa que un día, sin comerlo ni beberlo, iniciamos y que, sin saber aún su fin, tiene el curioso nombre de VIDA.

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