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domingo, 16 de agosto de 2015

Frío


Al igual que cuando dejas abierta la ventana una noche de principios de septiembre y empiezas a notar que ya no solo debes cerrarla, sino que también debes arroparte con algo para así no pillar un resfriado. Quizás sea el cansancio o la pereza de levantarte o quizás sea la rabia porque sabes que ya el verano se ha ido y que nada puedes hacer para que regrese. Es entonces, en ese momento, cuando empiezas a recordar todo lo que ha pasado, lo bueno y lo malo, al detalle. Todos esos recuerdos milimétricos sobre situaciones pasadas pasan a ser verdaderos parásitos de tu día a día. Todo el presente comienza a guardar relación con el pasado. Y no te hace ningún favor; al contrario, hace que te aferres aún más a la idea de mantener tu ventana abierta aunque haga frío. Tú tienes claro que si mantienes tu ventana abierta, seguirá siendo verano. Hace frío, mucho. Y es con él con el recuerdas todas las veces que estaba en tu cama sonriendo tan cerca de tu cara que podías contar las pequeñas arrugas que se le formaban en el contorno de sus ojos. Tan cerca, tan mío. Pero el invierno llega y es hora de aceptarlo, de que hay que cerrar la ventana y de que no pasa nada: otro verano llegará.