Carecía siempre de sentimiento. Era incapaz de
escuchar y mucho menos de sentir. Nunca pensó que fuese un monstruo, simplemente
estaba cansado de cuidarla. Total, todos pensarían que estaba enferma y que
había muerto de vieja. ¿No es eso lo que les ocurre, al fin y al cabo, a todos
los viejos? No era un monstruo por liberar a alguien de su pesadez, tampoco
egoísta; todo lo contrario, él la estaba ayudando. La liberaba de este mundo,
su tiempo ya había pasado. Y, de esa forma, también se liberaba él. No era
crueldad, sino supervivencia. Un “cállate, mamá” retumbó en todo el piso. La
mujer se quejaba, aunque hacía semanas que el sentimiento de hambre lo había
perdido. Se quejaba, no porque sintiese hambre o quisiese comer algo, sino porque ella
sabía lo que se le venía encima. Con los años, había perdido parte del conocimiento. No era alzhéimer,
sino locura, quizás derivado de la malnutrición. Un “que te calles, cojones”
volvió a retumbar en todas las paredes y la mujer dejó de lastimarse. Los sonidos que ella hacía no eran humanos, eran como pájaros moribundos que están solos en los
nidos pidiendo comida y esperando a que su madre volviera de cazar. ¿Qué habría
hecho ella para que su hijo la tratara así? Seguramente nada, lo había criado bien,
dándole todo lo que él necesitaba. O quizás no, a lo mejor lo maltrataba desde
pequeño y por eso él arremetía ahora con saña a lo que había hecho su
madre. Pero no, seguro que no hizo nada, simplemente su hijo carecía de
empatía. Era incapaz de ponerse en la piel del otro, incapaz de recordar que cuando tenía miedo de los monstruos que había en su habitación llamaba a su
madre. En esos momentos de miedo ella se acostaba a su lado y le decía que se calmara, que no pasaba nada.
Le enseñaba que eso de los monstruos era fruto de su imaginación, que existían
en su cabeza y que no podían estar debajo de la cama o en el espacio que queda entre el armario y la pared. Él era ahora incapaz de recordar nada. Eso de los
monstruos, como su madre decía, se le había olvidado. Su mente lo había
olvidado. Su madre le enseñó que los monstruos no existían, pero en eso se
equivocaba. Existen; caminan y compran el pan todos los días.
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